Los olores del amor

Nos saludamos con un beso en el cachete (no por algo en particular, ciertamente los dos éramos solteros, pero aun no estábamos dispuestos a que se nos emparentara y menos en este mundo de la izquierda caraqueña donde todas y todos se conocen y porque no decirlo donde todas y todos hemos compartido fluidos, aunque sea con la diferencia de los seis grados)

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Ilustración: María Uve
Y este es el cuento, estaba como cualquier mortal intentando parecer impoluta y perfecta, ante la mirada de este chico que me estremecía desde lo más profundo de mí ser.
 
Quería que nuestra noche de pasión fuese inolvidable, como se había dado en las dos ocasiones previas a esta cita con el amado que compartía mi lecho en esos días de soledad de estar recién separada. Estaba enfrentando nuevamente al mundo del lisonjeo y el ligue meramente por placer. Cabe acotar que con mi antigua relación había durado cinco años durante los cuales fue absolutamente fiel y monohueva, pues no me hizo falta mirar para los lados y menos en el ámbito sexual, pero esta es otra historia.
 
Lo cierto es que ese día a sabiendas de mi encuentro vespertino con mi amado de ese entonces, me encontraba muy nerviosa, antes de salir del trabajo a nuestro encuentro. Me perfume de pies a cabeza, cremita por aquí, colonia por allá y agüita y jabón con la respectiva rasurada. Debo confesar que tanto tiempo fuera del cortejo sexual me hacían estar más ansiosa que de costumbre.
 
Los dos primeros encuentros con este chico me habían generado un gran nerviosismo, aunque al final de cuentas todo salió estupendo y este sería nuestro tercer encuentro amatorio, para el cual había dispuesto todo lo necesario, de tal manera que nada podía salir mal. Ese día me quedaría en su casa era la primera vez que iba, las dos ocasiones anteriores nos amamos en otros lugares que no es necesario mencionar.
Ilustración: María Uve

besos, apariencia y humedad

Nos encontramos en la Plaza Bolívar como siempre, nos saludamos con un beso en el cachete (no por algo en particular, ciertamente los dos éramos solteros, pero aun no estábamos dispuestos a que se nos emparentara y menos en este mundo de la izquierda caraqueña donde todas y todos se conocen y porque no decirlo donde todas y todos hemos compartido fluidos, aunque sea con la diferencia de los seis grados) nos vimos como quien no quiere la cosa y yo coloque mi mirada de borrego a medio morir como decía la chilindrina, justo esa mirada que intenta decir me gustas y quiero cogerte, pero de maneras y formas recatadas como me caracterizo.
 
Finalmente nos fuimos juntos al metro, debo decir que pasamos varias estaciones. Mi chico vivía un poco lejos y pues la espera se hacía larga y tensa, mientras recorríamos el camino a su casa, ambos nos veíamos y tocábamos discretamente. No es un secreto que cuando llegue a su casa estaba súper empapada, deseosa de ser amada y brindar placer a este hombre que me volvía loca.
 
Entramos a su cuarto, él como siempre muy amable y cortés me ofreció todas las comodidades que estuvieron a su alcance. Puso música de fondo y al ritmo de Pink Floyd, nos amamos tierna, calurosa y estrepitosamente, que más podía pedir.
 
Tal cual película faramallera de Hollywood me dormí en su pecho después de saciar mis ansias y sus ansias de cariños orgásmicos, fueron a un nivel tan majestuoso que los dos caímos rendidos en los brazos de Morfeo. Yo en mis pensamientos brincaba de emoción todo había salido mejor de lo que esperaba o eso pensaba yo…
Ilustración: María Uve
​​Al día siguiente mi amado me despertó con muchos besos en la espalda, yo intentaba no parecer Hulk (todas la mañanas parezco salida de una película de terror para niños) pero este día milagrosamente el destino me seguía favoreciendo y yo desperté deslumbrante, hermosa, con esa tonalidad en las mejillas que te da una buena noche de sexo.
 
Él me abrazo y me beso por el cuello cuando de repente se me ocurrió la brillante idea de estirar mis músculos dormidos y fue cuando sucedió el desmadre y allí acabo mi mañana primorosa y feliz, apenas estiré los pies salió de mi un rugido peor que el de un león hambriento, un estrepitoso y sonoro PEO salió de lo más profundo de mis entrañas o más bien de mi culo. ¿Cómo?, pensé ¿Cómo mi culito podía hacerme esa mala pasada?
 
Mi bienaventurado amante me miro perplejo (obvio después de semejante muestra de lo que podían hacer mis intestinos) justo en ese momento pensaba que no huela, que no huela, pero la suerte no estaba de mi lado aquel PEO maldito iba acompañado de un olor nauseabundo como si me deshiciera por dentro. Mi chico intentaba disimular la cara de asco, respingaba la nariz para no tragarse la putrefacción que mis entrañas le estaban regalando.
 
Por mi parte no podía ni mencionar palabra, estaba tiesa, muerta de la pena y del asco al mismo tiempo. ¿Cómo mi culo podía estar jugándome esta mala pasada? Que osado ese culo mío venir a arruinarme el encuentro de esa manera.
 
 Para mi fortuna mi amante luego de aquellos putrefactos buenos días que yo le brindaba, no hizo más que sonreírse y me dijo -¡Eso te tiraste un peito!, en ese momento no sé si me avergoncé más o quise matarlo, pero en el fondo sabía que él intentaba ser gentil y con el humor que lo caracterizaba buscaba ahorrarme la pena y la vergüenza que me embargaban.
 
Yo timorata como siempre tome la cobija y me la eche a la cara ¡Qué pena! Fueron las únicas dos palabras que pude pronunciar. Él me quito la cobija y se me cago de la risa en la cara diciendo – ¡menos mal que fuiste tú y no uno mío!, eso si hubiera sido una catástrofe.
 
Con esa frase intente relajarme y olvidarme del asunto, total el culo esta para echarse peos sea de hombre o mujer, no distingue credos, ni clases sociales. Y yo dentro de mi pensé… las feministas también nos tiramos peos cual es el rollo.
 

Por un culo libre para tirarse peos y por más mujeres que asumamos que no somos libres de gases intestinales

Por más totonas libres y mojadas

 

ED. Las Comadres Púrpuras

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Somos un grupo de amigas, parias y rebeldes. Nos dimos cuenta que la brujería y los movimientos paganos comunicacionales son lo nuestro. Aún pateando calle y con un poco de paciencia, nos adentramos en el mundo cibernético. Ladramos, mordemos y cuando llega el momento nos ponemos el monóculo. Maestras en el arte comunicacional y politólogas, aferradas a la loca idea de cambiar al mundo con un poco de humor.

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