Ronald | tosco pero suave, me hacía gemir, gritar ...

Un amor que no se consumó: Ronald estaba tan drogado que se quedó dormido.

Ilustración: Milo Manara
Ilustración: Milo Manara

Todavía recuerdo a Ronald, 18 años después de haber estado juntos. Era artista plástico de una de las escuelas de artes más conocidas de nuestra ciudad capital. Músico poeta y loco y además fotógrafo. Sabía cómo capturar cualquier imagen con simpleza y detalle. Sus cuadros muy originales enseguida me atraparon y cuando lo escuché tocar el piano caí derretida en sus manos.

Ronald era sutil y tosco a la vez. Era grandulón, catire, de ojos verdes, de manos grandotas y ásperas. Tenía una mirada muy pícara y una sonrisa seductora. Recuerdo que cuando nos vimos fue amor a simple vista.

¡Una atracción fatal! Pero…

Ronald consumía codeína y eso dificultaba que pudiera comprenderlo: tenía un mal humor de mierda y un ensimismamiento impenetrable. Pero yo estaba decidida a que mi amor lo alimentara, lo nutriera y por eso estuve con él.

Ilustraciones: Frida Castelli

Una vez de paseo por El Jarillo, nos quedamos en casa de su padre. Una cabaña hermosa con fogata y todo, un lugar para el amor. Un amor que no se consumó: Ronald estaba tan drogado que se quedó dormido. Su verga jamás se paró y el olor hediondo de sus pies incrementó mi insomnio. 🙄 

Fue una noche larga, y sin duda, muy aburrida. Ni siquiera nos dio tiempo de hacer el mañanero, porque llegó la esposa de su padre con quien Ronald tenía muy mala relación y prácticamente nos corrió del lugar.

Una vez lo llevé a mi casa mientras mi mamá trabajaba. Era el momento perfecto para poder estar juntos en la intimidad. Y así fue. Sentir el cuerpo grandote sobre mí era mágico, era como abrazar a un oso que entre gemidos y movimientos bruscos me hacía delirar.

Ronald es de los que te susurra al oído mientras te penetra y se queda escuchando tus gemidos al detalle. Como todo músico encuentra armonía en cada sonido:

Ronald escuchaba atento a las pulsaciones de mi corazón, el flujo de mi sangre y mis respiraciones profundas.

Tenía una verga grande y gruesa justo para mi tamaño vaginal.

Ilustración: Milo Manara

Ese momento fue muy excitante, entre sus penetraciones, mis gemidos y los nervios de poder seguir cogiendo sin que mi mamá nos descubriera. Pero ¡Zaz! Mi mamá llegó antes de lo previsto y nos agarró en la escena del crimen, mejor dicho, en la escena del sexo. Sin embargo, no vio nada.

Desde la ventana del cuarto se escuchaba cuando colocaba la alarma del carro: ésa fue la señal de su llegada. Entró a la casa y fue directo a la cocina, no sé de donde sacamos velocidad y endereza y nos vestimos inmediatamente. Salí del cuarto y fui a saludarla cuando lo vio, enseguida puso su cara de arrecha y yo traté de hacer el ambiente lo más natural posible: se lo presenté, le dije que había venido a visitarme y él enseguida se puso a tocar el piano de mi casa, pues mi mamá era profesora de piano, y así se la metió en el bolsillo.

Ilustración: Milo Manara

Pasó como hora y media entre canciones al piano y un poco de la biografía de Ronald y así logré zafarme del asunto, de la arrechera de mi madre. Entre risas y besos culminó esa tarde tan excitante en todos los sentidos.

Ronald y yo nos veíamos con cierta frecuencia. A veces iba a la UCV a tocar el piano que estaba en la Escuela de Letras. A veces se desaparecía, pero de verdad para mí eso no resultaba un problema. Algo me decía que mi chico encantador tenía novia y yo era la otra.

Una tarde, como muchas, lo escuché hablando al celular sobre la ropa que tenía que lavar, constantemente decía:

-¡sí mami!, mami esto, mami aquello.

Yo presentía que esa mami no era su progenitora por más que me lo afirmara: las mujeres tenemos ese sexto sentido que te dice cuando hay otra. En uno de esos encuentros se nos hizo tarde y ya no podía volver a mi casa, estábamos como enganchados y él me sugirió que me quedara en la habitación que él alquilaba.

Fue toda una proeza entrar, no podía verme la dueña de la casa, y parecía una ladronzuela entrando a una propiedad privada, finalmente entré a su cuarto desordenado lleno de pinturas, era el cuarto de un bohemio loco. En la pared tenía una foto grande enmarcada de una chica sentada, me quedé mirando la foto así como cada una de las cosas de su cuarto, para todas tenía una historia menos para esa foto. ¡Listo, pensé. Ésa (la de la foto) es su “mami”!.

Ilustración: Milo Manara

Esa noche fue muy rica. Tal y como lo dije antes Ronald era un oso catire, tosco pero suave, me hacía gemir, gritar y sudar.

Poco después Ronald desapareció. No supe nada de él.

Obviamente di por terminada nuestra relación. Pero a los meses me lo encontré en una fiesta de pintores, de esas fiestas divertidas y locas.

Ronald se emocionó al verme, no me dejó en paz toda la noche me pidió estar a solas con él y bajamos un rato para el jardín del edificio. Allí me hizo un sexo oral inolvidable, yo de pie y el de rodillas. Confieso que más nunca me han hecho un sexo oral en esa posición.

¡Wow Ronald, cómo me hacías gemir!

Tenía que taparme la boca para que los vecinos del 1er piso no se asomaran.

Esa fue nuestro último encuentro sexual.

Ronald me dejó divinos recuerdos en mi memoria y en
mi cuerpo.

Ronald no sólo me hizo gemir de más, también me contagió de VPH.

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Somos un grupo de amigas, parias y rebeldes. Nos dimos cuenta que la brujería y los movimientos paganos comunicacionales son lo nuestro. Aún pateando calle y con un poco de paciencia, nos adentramos en el mundo cibernético. Ladramos, mordemos y cuando llega el momento nos ponemos el monóculo. Maestras en el arte comunicacional y politólogas, aferradas a la loca idea de cambiar al mundo con un poco de humor.

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