Enfermarse en Venezuela: pánico, injusticia y desolación

Hace unos días comencé a presentar debilidades en mi salud, algunos síntomas comenzaron a decirme que estaba enferma. Los dolores en el cuerpo, el horrible y mordaz dolor de cabeza me tumbaron en la cama durante 4 días que parecieron una eternidad.

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Ilustración Kit Layfield | Tomado de: Allcitycanvas

2020-07-29 Hace unos días comencé a presentar debilidades en mi salud, algunos síntomas comenzaron a decirme que estaba enferma. Los dolores en el cuerpo, el horrible y mordaz dolor de cabeza me tumbaron en la cama durante 4 días que parecieron una eternidad. Evidentemente sospeché que podía ser covid-19 y enseguida el pánico me inundó. Ya verán el porqué

Vivo en un país cuyo sistema de salud pública está literalmente desahuciado, en el piso y es poca o nula la atención que puede brindarnos así que muchxs de las y los venezolanos cuando supimos el decreto de la cuarentena en el mes de marzo del presente año, comenzamos a tomar todas las medidas necesarias para protegernos, porque sabemos que enfermarse en Venezuela no es una opción, ciertamente nadie quiere enfermarse pero nosotrxs tenemos prohibido enfermarnos, porque las condiciones de nuestros hospitales están en tal deterioro y detrimento por la falta de agua, de mantenimiento, de insumos, de personal de salud que es preferible ni acercarse por allí.

Mucha gente no acató las medidas de bioseguridad necesarias para prevenir el virus, no solamente los de a pie que resuelven la papa diaria (porque en Venezuela se resuelve la comida al día), nuestra economía está tan deteriorada que 4$ dólares mensuales evidentemente no alcanzan para nada, la hiperinflación es como un tornado o una gran ola en la que a veces te ahogas y sales a flote como puedes -los que pueden- muchxs otrxs no están aquí para contarlos, pues han fallecido producto de la desnutrición severa. Muchas madres y padres salen a la calle todos los días a resolver el plato de comida y eso los expone al virus. Otrxs han hecho caso omiso porque no creen, porque se consideran super poderosxs, por ignorancia, por lo que sea. Y otrxs han decido continuar sus celebraciones y encuentros fiesteros haciendo honor a lo dicharacheros y lo tropical que somos las y los venezolanos.

Entre estos últimos contamos con personalidades del alto gobierno, hijos pródigos del gob, amiguis, etc, que no han parado de rumbear en tiempos de pandemia y en tiempos de cuarentena radical en nuestro país. Pues sí. Desde la primer corona party en Los Roques, pasando por la rumba de Los Palos Grandes, La rumba electrónica de Los Naranjos y la rumbita donde Fidel Madroñero (absurda Konducta) hacía de host y Mc, y muchas otras (vale resaltar que han dado positivo en COVID19) nos quedamos estupefactas al ver el tratamiento diferencial que se les da a unos y a otros.

No destacaré aquí las mega rumbas de El Coqui «nuestro jefe» del Para Estado que controla los barrios caraqueños: Cota 905, El Cementerio y el 70 de El Valle. Tales rumbas han sido descomunales y ningún organismo policial ni de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) se atreve a disolverlas, las razones de ello son aspectos para desarrollar en otro artículo.

Mientras seas pana y familia de los de arriba te tratan como a unos muchachitos que se portaron mal y no hicieron caso y que se merecen una nalgada y luego un heladito para consentirles, pero si tú que eres de abajo se te ocurre caminar por el Boulevard de Sabana Grande, Altamira, Lídice con el tapa boca medio torcido porque la liga está vencida y te queda grande, porque medio se te movió, porque medio te lo moviste pues te cuesta respirar con la tela en la nariz, o lo que sea, prepárate, porque lo que viene es represión (Vale recordar que existe una fuerte escasez de mascarillas y tapabocas, y que al inicio de la cuarentena las farmacias las vendían en 10$ cada una, por ende, la gente comenzó a inventar tapabocas de tela que no cumplen con las medidas de bioseguridad, pero ¡algo es algo!)

Ante el mínimo descuido y el uso erróneo del tapabocas no tardan en aparecer el FAES, miembros hostiles del PSUV, GNB y colectivos armados, entre otros, te detienen por 3 horas, te amedrentan, te tratan como un delincuente, en fin te hacen pasar un momento de terror y de pánico bajo la amenaza de que te van a encarcelar porque eres un bio terrorista que quieres destruir la vida de miles de venezolanxs. Nada de lo que aquí describo es una acción realmente pedagógica, educativa y mucho menos anda el gobierno en las calles repartiendo tapabocas y gel antibacterial con charlas educativa para educar, valga la redundancia, sobre las medidas a tomar para prevenir el virus o qué hacer en caso de contagio.

En los inicios de la cuarentena -mes de marzo- unos adolescentes transitaban por una calle de Altamira, en la ciudad de Caracas pues el decreto los agarró en la calle y el FAES pedagógicamente introdujo el fal en la boca de estos menores de edad como medida correctiva. Estas prácticas no han cesado, peor aún, han tomado más fuerza. Actualmente vimos como personas con chalecos (que pueden ser policías, colectivos armados, parapolicías o cualquier órgano represor del Estado, porque aquí cualquiera tiene chapa para ejecutar a civiles) golpean con bate a transeúntes que se desplazaban por las calles de su barrio. ¿Esta es la manera de educar y explicar la necesidad de permanecer en casa? ¿Toda persona que sale de su casa es un violador de la cuarentena? Creo que no.

Ni hablar de la irresponsable matriz de opinión que se ha generado desde el alto gobierno y sus adeptos hacia las personas venezolanas que se han tenido que devolver, a quienes se les trata de armas bacterológicas de guerra, bio terroristas en lugar de darle la atención que merecen. Si se fueron y se regresaron eso no es lo importante. La importancia está en que son ciudadanos y al pasar la frontera hacia acá ya son responsabilidad del Estado venezolano. Es verdaderamente surreal escuchar a Nicolás Maduro y su gabinete decir que ellos han venido haciendo un buen trabajo y que quienes empeoraron la situación del COVID-19 fueron tales compatriotas, es vomitivo. En un país donde se lo robaron todo, no hay agua, ni electricidad, ni gas doméstico, ni medicinas, tú me dirás.

Ahora, volviendo al punto inicial. Si llegas a contagiarte del virus o a sospechar si quiera que lo tienes, lo ideal es que vayas a un centro de salud más cercano para que te hagan el despistaje, y de tenerlo, te atiendan como un paciente que padece de una enfermedad temporal y que puede complicarse según sus antecedentes médicos.

En Venezuela los hospitales no se dan abasto porque como ya comenté, están en su peor momento, y las clínicas ya están abarrotadas. Recordemos que el virus llega a nuestro país en plena emergencia humanitaria compleja, las instituciones están desmanteladas y nosotras en plena precarización de la vida.  Queda pues, improvisar espacios para la atención, sin embargo, tales espacios no han sido debidamente acondicionados para la atención de pacientes con covid-19, aunado a la grave situación económica y la colosal corrupción que ha impedido que el sector salud tenga los insumos necesarios para la atención, pasando a ser personas con alto riesgo de contagio, incluso existen denuncias de que han fallecido médicos que contrajeron la enfermedad mientras cumplían sus labores profesionales. Ni hablar de la falta de agua en todos los rincones del país que hace imposible tener una higiene adecuada, así como la ausencia de gas doméstico. 

De ser positivo en Covid-19 el aislamiento es necesario, pero no debe serlo la incomunicación con tus familiares más cercanos, pero en Venezuela todo derecho es un privilegio, peor aún es cercenado. Como no hay lugar en hospitales ni en clínicas te llevan a un local, estadio, en condiciones nada aptas. Así lo manifestó, Richard Rodríguez director de Radiomanía en Carúpano, Edo Sucre, que junto a su esposa los llevaron a un local en condiciones deplorables y que además por hacer dicha denuncia, le dieron mal trato y que lo trasladaron por castigo a una habitación anexa a una morgue sin la ventilación adecuada.

De tan solo pensarlo me da escalofrío.

El haber estado enferma y con miedo a ser positiva de Covid-19 me llevó a hablar con personas conocidas que tuvieron el virus y lo pasaron en sus hogares con todas las medidas de resguardo. Ninguna de estas personas se atrevieron a decir que estaban enfermas, pues todas ellas son cabeza de familia con niños pequeños que no pueden  estar fuera de casa quince días incomunicadas. ¿Irresponsabilidad?. Puede ser, Pero ante la no garantía de una adecuada atención por parte de los organismos de salud la opción es pasarla en casa siempre y cuando la situación no empeore.

En mi caso soy madre soltera, cabeza de familia y sostengo a mi padre de 75 años y mi hija. Me negué  comentarle a mis vecinos que me sentía mal, temía que me sacaran de mi hogar y me llevaran a quién sabe dónde, y si yo no produzco, literalmente mi familia no come. Afortunadamente, no tuve ni fiebre, ni perdí el olfato ni el gusto y mucho menos tuve dificultades respiratorias, quizá contraje cualquier virus que está en el ambiente y que por las lluvias siempre aparecen. Me mantuve en contacto con personas que podían articular con médicos por si acaso ameritaba una atención de ese tipo, como ya dije afortunadamente fueron 4 días de fuertes síntomas, mucho reposo y tomé pastillas para los dolores.

Finamente me siento mejor, continúo con las medidas de protección en casa hacia mi familia, las que todos sabemos: vaso, plato y cubiertos solo para mi uso, constante higiene de las manos, cuerpo, limpieza del hogar de manera extrema y que nadie entre para mi cuarto. Hoy puedo decir que lamentablemente tengo miedo a enfermarme porque quien debería cuidarnos y garantizar la efectiva atención a nuestra salud: el Estado, más bien, nos agrede.

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Somos un grupo de amigas, parias y rebeldes. Nos dimos cuenta que la brujería y los movimientos paganos comunicacionales son lo nuestro. Aún pateando calle y con un poco de paciencia, nos adentramos en el mundo cibernético. Ladramos, mordemos y cuando llega el momento nos ponemos el monóculo. Maestras en el arte comunicacional y politólogas, aferradas a la loca idea de cambiar al mundo con un poco de humor.

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