De cómo la femocracia instrumentaliza un femicidio

Esconden un dedo como tratan de esconder que por muchos años ocuparon cargos de poder y decisión en espacios gubernamentales que se suponen debían crear condiciones para el ejercicio efectivo de los derechos de las mujeres

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Entre todas las lágrimas de tristeza que han brotado por el femicidio de Mayell, hay algunas que se nota -a leguas- que las produce un combo de cocodrilos: sectores de la femocracia gubernamental (mujeres que enarbolan las banderas de los feminismos para ocupar puestos en la administración pública) que cínicamente han olvidado ser responsables por las condiciones de deterioro y desmantelamiento de las instituciones y políticas públicas, que se suponen protegen y atienden a las mujeres víctimas de violencia.

Las femócratas gubernamentales  hoy lloran y esconden un dedo en las redes sociales. Lo hacen a modo de un “challenge” (sí, como el del tobo de agua fría), en una pose que se acerca más a la gestualidad de un reguetonero de moda que a un acto reivindicativo.

Desde su feminismo de cafetería caracterizado por disertar y criticar desde la comodidad del poder, las Boliniñas preferidas del partido del gobierno retan a seguir su challenge por las redes sociales. Las personalidades del alto gobierno, a pesar de su comprobado machismo, aceptan el reto desesperado y necrofílico de  usar a Mayell como un instrumento para distraer la mirada del problema estructural que facilitó su femicidio y el de cientos de mujeres venezolanas asesinadas dentro y fuera del país en lo que va de año.

Esconden un dedo como  tratan de esconder que por muchos años ocuparon cargos de poder y decisión en espacios gubernamentales que se suponen debían crear condiciones para el ejercicio efectivo de los derechos de las mujeres. Desvían la mirada sobre la responsabilidad que tienen  por el desmantelamiento de planes y programas de protección a las mujeres debido a su incapacidad para ir más allá del show político partidista.

Programas han ido y venido. Las gestiones epilépticas, cuya vocación es el espectáculo y no la construcción de políticas públicas, solo han dejado promesas sin cumplir y abrazos repartidos en las comunidades que anhelantes se volcaban a recibir ministras y viceministras de sonrisas falsas.

¿Cuánto de los planes nacionales para la igualdad y equidad de género se ha hecho realidad?

¿Cómo van los resultados de programas como “Mujeres de la patria” que beneficiaría a las mujeres con cáncer de seno?

¿Qué pasó con los refugios a mujeres víctimas de violencia cuya responsabilidad pasó a manos de las pauperizadas gobernaciones?

¿Qué pasó con los procesos de empoderamiento de las mujeres beneficiarias de políticas de compensación económica como madres del barrio?

¿Cómo se explica el alarmante aumento de la mortalidad materna e infantil?

¿Dónde están las políticas de protección a las mujeres afrodescendientes e indígenas ampliamente postergadas por la femocracia por considerarlas no prioritarias?

Fuente: Diario Versión Final

Frente a la incapacidad para responder éstas y miles de otras preguntas, ahora entendemos la necesidad de lavarse la cara instrumentalizando el femicidio de la Mayell.  Las lágrimas de cocodrilo son parte de esa estrategia, en aras de tratar de posicionarse como  activistas feministas en colectivos de “maletín” que han creado para viajar por Latinoamérica -generalmente subvencionadas por el gobierno venezolano- a regar las maravillas de un proyecto político que hoy se derrumba frente a nuestros ojos y al que ellas tributaron desde la ineficiencia. 

Ninguna de las políticas de la femocracia gubernamental pudo salvar a Mayell. Como tampoco a Jennifer Carolina Viera, asesinada por Edwin “El Inca” Valero. No se pudo dar respuestas a Linda Loaiza, para la que solo hubo una disculpa minúscula –que además demostró la poca formación en el tema de la “experta” abogada por Venezuela- en la audiencia ante la CIDH. De igual forma las femócratas institucionales y aliadas no detuvieron la liberación del ginecólogo Manuel Arias Briceño, al que se le condenó 17 años por violación a una menor de edad, y –en la actualidad- ejerce como médico en total impunidad.

 

Linda Loaiza

Para las múltiples violencias que atraviesan las mujeres venezolanas en esta crisis de derechos humanos no hay lágrimas ni challenges de la femocracia gubernamental. Lo que sí recibimos es un silencio indignante y justificaciones incomprensibles que anhelan tapar la responsabilidad de quienes ahora se tratan de posicionar como activistas de una causa a la que solo se han adscrito declarativamente.

El challenge o reto que deberían plantearse las boliniñas de la femocracia gubernamental es la de asumir la responsabilidad por el femicidio de Mayell, quien fue víctima de la sistemática violencia institucional que ellas no han tenido la voluntad de detener en su desenfrenada carrera por figurar como  los “cuadros políticos feministas” de la revolución del espectáculo.

Que las tretas despolitizadoras no nos engañen. El femicidio de Mayell es parte de un problema sistémico que la femocracia gubernamental tuvo y tiene la posibilidad de contribuir a mitigar. No se nos olvide el deber estatal de crear condiciones para los derechos de las mujeres y de las responsabilidades de quienes detentaron poder para ello, porque la historia absuelve pero también condena.

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Una comadre ácida, rebelde con causa.

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