Adolescencia | Sencillamente, era Gustavo

Muchos de mis días transcurrieron en la ventana, comiendo chuchería y explayada esperando a ver entrar o salir a Gustavo de su casa.

Ilustración: Frida Castelli
Ilustración: Frida Castelli

Él se convirtió en esa expectativa bonita de las mañanas. Tenía yo unos 13 años, y ya sentía ese amor juvenil voraz por mi vecino. Vivía en aquella época con mis dos hermanos y mi papá, y él era el objeto de mis estragos amorosos de planta baja. Desde la ventana de la casa podía asomarme y vigilarlo sin problema alguno. Gustavo, es ese chico de los hoyuelos en los cachetes, abundantes pestañas y esa piel morena, siempre tostada.

Gustavo y su familia se mudaron al edificio, serían los recién llegados. Yo estaría en esa época de jugar con muñecas, pero hacia muchos complots para jugar con mi vecina en el pasillo. Así cuando él subía de vez en cuando a visitar a Héctor, el vecino del 04-05, era el momento perfecto para un tropezón, un “hola chicas”, eso era suficiente para humedecer mis más íntimos deseos a expensas del juego  de muñecas y de mi vecina, que para esa edad ella pensaba en unicornios voladores y en sacar buenas notas.

Yo era la típica niña tierna, que cae bien y siempre los padres y las madres confían la amistad de sus hijas a mi persona. Ja, si ellos supieran, una vez en una de aburrimiento estaba con la vecina del 04-06, no teníamos nada que hacer, y pues, yo la chica radiactiva y cachonda, le dije a mi vecinita que le podía enseñar un juego divertido y entretenido; le pedí una almohada, eso sí “todo lo que veas acá es un secreto”. De esa forma, me dispuse a poner la almohada en mi vulva eléctrica, dejando todo a la expectativa ya que justo en ese momento llegó su mamá. Pues, no le pude enseñar nada, así que eso quedó como una simple almohada solicitada para descansar, jamás esa vecina sabría que  estaba a punto de enseñarle la masturbación y a auto-complacerse a los 13 años de edad (bueno digo yo que no abía)

Muchos de mis días transcurrieron en la ventana, comiendo chuchería y explayada esperando a ver entrar o salir a Gustavo de su casa. Ese joven con pinta de reguettonero malvado, unos 15 años le calculaba para ese momento. Gustavo me estremecía más que en su momento Daniel, un compañero de clases, que entre juegos de miradas y camisas azules, jamás sabré si yo le gustaba o no. Daniel se entretenía mucho jugando en la parte de atrás del respaldar del pupitre de Yerisabel sobándole las piernas y yo pues, al lado izquierdo de él, esperando que no llevará sacapuntas o que por cualquier cosa nos burláramos de la profesora de Geografía, una doñita que hablaba bajito y nosotros como chicos rebeldes que sacaban buenas notas nos sentábamos atrás, jugando, siempre jugando, él con ella y yo equipando todos mis materiales de clases para que en cualquier momento estuvieran dispuestos para él.

Pero Gustavo era otro cuento, era un suspiro húmedo e inquieto, no sé si fue mi primera ilusión mágica cercana.

Un día vi que salió de su casa, así que rápidamente me puse mis pantalones acampanados con mi camisa corta. Escuché su voz grave gritando “Héctor”, nada Gustavo estaba en mi zona, seguramente Héctor era una excusa para verme a mí (pensé). Lo escuché nuevamente “Héctor”. Me tenía que apresurar para botar la basura y toparme con él en el pasillo. Así hice. Agarré toda la basura de la casa, abrí la puerta y entre las rejas del pasillo lo ví “que bello”. Introduje la llave en la puerta del pasillo y allí no más estaba el diciéndome “Gracias bella” y quedé anonadada sin responderle, bote la basura y al salir del basurero ya no estaba. Ya Héctor le había dado cobijo en su apartamento. Tenía que inventarme una intención para estar en el pasillo y mi papá me diera permiso, así que llamé a mi vecinita para jugar pelota en el pasillo, actividad que fue aprobada por todas las partes.

Estuvimos casi unas 3 horas jugando a patear la pelota de punta a punta del pasillo, tenía que inyectar toda la adrenalina posible para extender el juego para volverlo a ver, entre gritos “Dale duro Gabriela”, “Gol”, “que divertido”, “eres buena jugadora”, me quedé sin aliento luego de tanto tiempo y alegría forzada, ya no había felicidad alguna, ese hombre no salía de esa casa.

Gustavo no salió durante todo el rato que estuvimos jugando. Al momento una música a todo volumen resuena a las 6 de la tarde de la casa de Héctor. Los muchachos estaban emparrandados y no estaba invitada. Pasé toda la tarde y la noche escuchando en la pared como iba llegando la gente a la fiesta. Gente que gritaba “Héctor” y otras que silbaban para que les abrieran la puerta. Decidí salir a botar más basura a las 10 de la noche con otra pinta: una camisa pegadita y unos shorcitos, mi cabello azabache suelto y mis labios pintados de rosado. Allí estaba, el hombre de mis sueños, frente a la casa de Héctor con una chica grandota, senos grandes, era lo único que le veía y una melena roja muy hermosa. Me quedé allí, no sabía si estar triste o pedirle consejos de cuidados capilares a aquella chica. Se besaron así no más, se besaron. En esos momentos escuchas como el corazón se te rompe, fue peor que Daniel sobando la pierna de Yerisabel, esto era grado 33°.

Desesperanzada, hice lo que debía hacer, botar la basura y luego entre mis almohadas llorar, llorar como una niña que la dejan con su mejor vestido y no la llevan al cine o que te ilusionan con la playa y ese día llueve. Me consumí en mis lágrimas, en mi tristeza y en mis almohadas.

Ilustraciones: Frida Castelli

0 I like it
0 I don't like it

Somos un grupo de amigas, parias y rebeldes. Nos dimos cuenta que la brujería y los movimientos paganos comunicacionales son lo nuestro. Aún pateando calle y con un poco de paciencia, nos adentramos en el mundo cibernético. Ladramos, mordemos y cuando llega el momento nos ponemos el monóculo. Maestras en el arte comunicacional y politólogas, aferradas a la loca idea de cambiar al mundo con un poco de humor.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

La moderación de comentarios está activada. Su comentario podría tardar cierto tiempo en aparecer.